Selección de los números publicados de la revista postal "Again with the Blues" para disfrute del personal que tenga ganas de disfrutarlos, claro está. No se porqué sale esto así. Seguid: los textos están ahí abajo... Con toda la intención.
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Martes, 21 de agosto de 2007
Viene del episodio previo al episodio actual o sea, al de ahora. Esto es, el episodio anterior al que va después. O sea...
Uuuuuff!!!
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No vamos a entrar en los entresijos políticos del momento. Baste saber que el Barón Garcinuño, con el apoyo del Gremio de Fabricantes de Material de Construcción y Utensilios de Disuasión, tuvo en jaque a Lord Bartolomé Modesto IV durante muchos años y que a punto estuvo de hacerle perder el trono del imperio y la corona con brillantitos carmesíes, lazos y topitos a juego en raso beige.
Le salvó la genial idea de construir la Muralla. Una muralla inmensa e inexpugnable que frenara la marea humana que amenazaba deslustrar el brillo de ébano de las pieles de los zaskanos convirtiéndolo en un pálido cafeconleche. Una marea inmensa que, a decir de los garcinuños, amenazaba con sorber hasta la última gota de las riquezas zaskanas. Un flujo incontrolable de ideas, pensamientos, sueños y opiniones, ¡oh, no!, diferentes.
Fue una buena época para los fabricantes de ladrillos. También fue una buena época para los fabricantes de cemento. Los esclavos y prisioneros políticos acaso no mantuvieron una opinión tan favorable, pero realmente nadie se molestó en recorrer los establos y barracones en los que se hacinaban preguntando: -¿Piensa usted que se trata de una época de bienestar generalizado? –responda, por favor, “SI” en la casilla al efecto-, de manera que no podemos estar seguros. También fue una buena época para los tipos cejijuntos, aviesos y de mala uva. Y para los coroneles, comandantes, capitanes y demás encargados de dirigirles. Había muchas torres de vigilancia y muchos soldados en cada torre mirando hacia fuera. Y los zaskanos se mostraban encantados con ese estado de las cosas, ignorantes de que, en cualquier momento, a toque de silbato, los soldados unicejos podían volverse –con sus armas- para mirar hacia dentro. La marea se redujo a un chorro. Un chorro que generaba cuantiosos beneficios a muchos soldados unicejos, y a sus capitanes, y a los propietarios de barcos, de carretas con doble fondo y de picos y palas para cavar túneles y, en suma, a cualquier entusiasta del libre mercado que entendiera que la demanda por entrar en Zaska suponía un buen negocio para quienes pudiesen ofrecer medios para ello
Buena época también, pues, para los empresarios autónomos emprendedores.
Mas ¡ay, dolor! Bartolomé Modesto IV y CIA repararon entonces en uno o dos detalles sin importancia: los fabricantes de ladrillos y de cemento, simpatizantes abiertos de la causa de la muralla, no permitieron que sus simpatías les llevasen hasta el absurdo extremo de regalar estos materiales al Imperio. Los cobraban. Y los cobraban bien. Además, los exactamente... muchos soldados unicejos armados hasta los dientes tenían que ser pagados. Cuando no recibían su salario, mostraban una enfermiza propensión al amotinamiento, el saqueo, la violación, la revuelta y los linchamientos públicos en los que empleaban con gran alegría las malévolas e ingeniosas armas de las que el propio Imperio les había provisto. Exactamente... muchos soldados unicejos descontentos eran un argumento que no podía ser ignorado fácilmente a la hora de subir los impuestos.
Bartolomé Modesto IV perdió su cariñoso apelativo de “El Sencillo” y fue bautizado por el pueblo llano como “El-capullo-del-emperador-a-quien-ojalá-se-lleven-los-demonios-en-cómodos-plazos”, aunque esta denominación no quedó recogida en los libros oficiales de historia. Subieron los impuestos. Varias veces.
Los costes de mantener exactamente... muchos soldados pertrechados sobre una muralla desmedida apenas dejaban algo de calderilla para mantener el sistema imperial de hospitales, bibliotecas, mercados y asfaltado de caminos. Incluso ¡peligraron los Juegos de Pelota del Domingo en los Coliseos de Zaska!. Por otro lado, para los artistas, los intelectuales, los genios zaskanos, dedicados a crear y a dictar cánones de belleza; las camas que antaño, simplemente se hacían solas, ahora se negaban tercamente a dejar de apestar a sucio. Los huertos, que, al parecer mágicamente, preparaban las ensaladas que adornaban sus mesas, ahora permanecían obcecados en oler a estiércol seco y lleno de bichos sin producir nada mínimamente comestible para alguien que no fuera un escarabajo pelotero. La basura de las calles había dejado de desfilar autónomamente hacia los vertederos y se acumulaba en los portales, haciendo arriesgado el salir a la calle ante la amenaza velada de las cáscaras de plátano. Los escasos niños –¿Qué zaskano racional pensaba en dejar que su vida la hipotecase uno de aquellos pequeños fastidios con patas? Un perrito daba casi la misma tabarra, pero al menos, no hablaba- no parecían contener una gran promesa de futuro para el imperio. A la pregunta ¿qué quieres ser de mayor?, la mayor parte de ellos hubiera contestado ¿por qué no te pierdes, abuelo, que no me dejas ver el partido?.
Inexorablemente –también hay en ello implicada alguna Ley Fundamental, creo. Ese día tampoco estuve en clase- la flor del descontento arraigó, creció y floreció entre los zaskanos. Pronto amenazó con dar fruto: un fruto redondo, grande, duro y de color rojo sangre. Por suerte para Bartolomé Modesto IV y CIA, ese día, los exactamente... muchos soldados unicejos se dieron la vuelta y miraron hacia dentro, como estaba previsto.
Hoy por hoy, al parecer, entrar en Zaska es sencillo, si uno tiene interés, suponiendo que le apetezca donar casi todos los frutos de su trabajo diario al Fondo para el Mantenimiento de la Muralla y las Torres.
Lo complicado es volver a salir.
Los exactamente... muchos soldados necesitan voluntarios que les alimenten, vistan y costeen sus pertrechos y sus pensiones. Por alguna razón desconocida, todo vestigio de voluntariedad desaparece tan pronto como uno cruza las puertas de Zaska. Salvo que las apetencias de uno incluyan los látigos, las cadenas y una vestimenta escasa –por no hablar de la alimentación y los modales en la mesa-, la mayor parte de los que estamos fuera, preferimos seguir fuera. Y los que ahora están dentro, también preferirían salir.
Es una buena época, pues, para los empresarios autónomos audaces que están fuera.
Sin embargo, lo extraño, es que en Ajwalandia, Gusawara y Anfralia últimamente se escuchan ecos de voces que dicen cosas como: Detengamos La Marea Negra. Anfralia Libre Para Los Anfralianos. Gusawara Racialmente Unificada. Ajwalandia Pura. Calcetines Snadel, Los Mejores Para Sus Pies. Extranjeros Gou Joum . Oferta Tres Por Dos. Ley de Extranjereidad Para Los Migrantes. MundExterior Para Los Que Lo Trabajan.
FIN.
EPÍLOGO: Quisiera recordar a nuestros amables lectores que esta es una obra de ficción. Que cualquier parecido entre los personajes y situaciones descritos y la realidad es pura coincidencia. Que este tipo de absurdos solo pueden suceder en mundos procedentes de la fantasía enfermiza de sus autores. Y que no se preocupen: sus gobiernos están verdaderamente interesados en cuidar de ustedes personalmente.
Por: Juan Jesús Amo Ochoa | General | Comentarios (0) | Referencias (0)