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Again with the Blues

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Selección de los números publicados de la revista postal "Again with the Blues" para disfrute del personal que tenga ganas de disfrutarlos, claro está. No se porqué sale esto así. Seguid: los textos están ahí abajo... Con toda la intención.

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Martes, 20 de diciembre de 2005

Again 30... ¡Feliz Navidad!

¡Feliz Navidad y coj... deput... próspero 2006!

Again with the Blues.
6º Epoca. Año 19. Nº30. Diciembre 2005.
“ La ignorancia es una forma de contaminación ambiental”(leído por ahí)
“Dejad que los niños se acerquen a mí” (un pedófilo)
“Esto va a ser la bomba” (Truman)
“Houston, tenemos un problema” (en el Apolo XIII, con diarrea)
“Dejad de hacer el indio, estáis rodeados” (Custer, en Little Big Horn)
“Eso es la Navidad, para los débiles y para los fuertes, para los ricos, para los pobres, para los viejos, para los jóvenes” (John Lennon)
“UI-UIS-YU A-MERI-KRIS-MAS” (Chuan Che, en clase de inglés),





Editorial.
Treinta números ya, amiguitas y amiguitos. No se sabe bien si eso merece una celebración o un castigo ejemplar. Algunos de vosotros habéis estado aquí desde el principio, mientras que otros recién os acabáis de incorporar a esta nuestra selecta comunidad, pequeña, por lo demás. Bueno el caso es que notaréis, como de costumbre, que es navidad. (bueno, no es que habitualmente sea navidad, sino que... bueno, da igual)... Que nuevamente cambiamos de año (¿quién se acuerda ya del 2000? ¿y del efecto 2000?)
AAAAARRRGGG...
Jooooder, nenes (y nenas) no perdamos la calma. Sólo espero, por vuestro bien que no hayáis ido dejando para luego alguna cosa importante. Ya veis que esto corre que se las pela y que, bien puede ser, que “luego” sea una quimera, tan inexistente como... como... como el ganador de la lotería de navidad, el cielo o el infierno. Puede ser que “luego” no podamos hacer “eso” que tenemos pensado hacer cuando nos libremos de otras “cosas más urgentes”. Allá vosotros y vosotras –y, ya puestos, allá yo-.
Que ya somos 2006... quién lo diría.
Ah, por cierto... esta vez el contenido de nuestra revista no está recomendado para niños o niñas menores de edad, sacerdotes u otros adultos sin preparación. Nuestras más sentidas disculpas por este estado de las cosas. Cosas del climax, digoooo del clima

Nuevo enfoque en el tratamiento de las enfermedades mentales.

Oslo (Kuraosusponepeor).-
El reconocido psiquiatra Dr.Turachina se convirtió ayer jueves en el centro del XXXIIIº Congreso de la Liga Internacional de Medicina Oriental Nativa (LIMON) al presentar su ponencia –titulada “una revisión sobre las terapias de sustitución y transferencia”- completamente desnudo, con la notable excepción de una diadema de plumas de guacamayo azul en su frente y un anillo peneano de hueso de huacabí de cresta anaranjada. El profesor, ante el pasmo de los y las asistentes al congreso, procedió a alabar las ventajas que, en el tratamiento de las enfermedades mentales, tenía el realizar ensalmos y encantamientos chamánicos. “Más de uno y más de dos de los casos de enfermedad mental” – declaró ante la policía- “no son sino casos de posesión por espíritus malignos...y mira lo que hace la guarra de tu hijaaaaaa... ¡tómame, tómame, aaaarrg!”. El Doctor Turachina, famoso por el empleo –con éxito- de grandes dosis de hongos alucinógenos para aumentar el rendimiento escolar de sus hijos (de hecho, ha patentado dos marcas de cereales para el desayuno bajo el nombre de “Amanitaflakes” y “Ayahuascakrispis”) terminó su ponencia en el juzgado de primera instancia e instrucción de la ciudad bajo la acusación de “presunta posesión de un muñequito con la forma y los cabellos de Su señoría Ilustrísima el Juez al que clavaba dolorosos y malignos alfilerillos”. La fiscalía, aquejada de inexplicables crisis de aerofagia, está estudiando si procede iniciar un proceso por “maltrato intencional de muñequitas vudú, infladas por el ano”. Seguiremos informando tan pronto como consigamos la muñeca que tiene la forma de nuestro presidente y redactor jefe D. Crisófilax Bloemfontaine quien, esperamos, se va a enterar de lo que vale un peine...

Padres Maltratados.
Bambi (Nevermore).-
Crece la preocupación de las autoridades mundiales ante el progresivo aumento de los casos de maltrato de padres (y madres) a manos de sus hijos. Al parecer, además de ser llevados y traídos del colegio, llevados y recogidos puntualmente de sus actividades extraescolares, llevados y traídos del cine varias veces a la semana, llevados y traídos de las tiendas de videoconsolas tras hacer al menos una adquisición, los niños y las niñas exigen a sus padres que les hagan los deberes, discutan personalmente con los maestros que les regañan, y que no les molesten mientras juegan con la plei o ven la programación basura del momento mientras se comen en el salón lo que han elegido del variado menú propuesto por su mamá, a la que previamente han criticado por la escasa variedad disponible para elegir, lo mal que cocina en relación a las madres de otros niños, la mala calidad de los postres (-jodeer, siempre fruta, a ver si traes fresisuises-) y la tardanza en servirles el alimento. Exigen también ropa de marca amenazando a sus padres con ir desnudos por la calle en invierno si no les compran exactamente la que ellos han pedido. El estado de la situación ha llevado al Defensor del Pueblo, la Aldea y el Caserío Bucólicamente Perdido entre las Montañas a proponer un proyecto no de ley que obligue a la policía a dialogar extensamente con los niños y las niñas para que mitiguen un poco sus exigencias y accedan a ir a Burguer Queen alguna vez en vez de a Mc’Mickeys todo el rato. Asimismo, el Consejero de Cumbias, Brisca y Haraganeo de la Junta de Comodidades de Caspilla- La Ancha ha avanzado la idea de la creación de una Oficina del Defensor de los Padres y Madres (ODPM) que, a costa del erario público, ofrecerá servicios psicológicos especializados de mediación para convencer a las criaturillas de que la ropa de hipermercado es casi tan buena como la de marca que anuncian en la tele, que se puede vivir perfectamente jugando a las chapas en la calle con tus amigos en vez de ver la tele y sin comprar el último DVD de la película que viste el mes pasado en el cine; y que han de ser solidarios, humanitarios y comprensivos con los niños y niñas de otros países subdesarrollados que no tienen la suerte de vivir en el mundo libre, civilizado y superior en el que nosotros residimos.
Testimonios estremecedores como el del niño Kevin Melopasso que narró ante las cámaras de televisión cómo su padre le dijo una vez que “no”, sin embargo, han levantado también las alertas mundiales ante la necesidad de controlar si, verdaderamente, lo que es llamado maltrato no será defensa propia y los padres y las madres necesitan ser vigilados por las autoridades mucho más de cerca.

Suspendido el primer certamen internacional de merengue, tute y parchís por doping.
Las Palmas (o sea, te mueres).-
El primer certamen internacional de merengue, tute y parchís por doping ha sido suspendido ante las dificultades encontradas por la organización para localizar participantes de varios países dispuestos a jugar al parchís, al tute y a bailar merengue dopados. “No cabe duda que el espíritu de la alta competición se está extendiendo a todos los sectores de la población”- señaló el comisario del certamen el ínclito señor Tadeo Bras, maestro albañil de profesión- “El personal está en contra del dopaje de una manera que da asco. Y además, los cuatro que hemos encontrado dispuestos a doparse, preferían dedicarse a otras cosas una vez dopados, como la diversión, el sejso y otras actividades lúdico-festivas...”
Esperamos más suerte en años posteriores a esta iniciativa estúpida que probablemente no prosperará.

Nueva oleada de indignación mundial.

Roma (esto es, carente de punta o agudeza; falta de ingenio).-
Ya hemos tenido ocasión de advertirlo varias veces en anteriores números de nuestra revista, pero, por lo visto no hay manera. De seguir así las cosas, probablemente esto va a ser el acabóse. Una vez más, una vez más, repetimos, el pueblo llano indignado, haciendo uso del derecho al ejercicio de su poder, de su capacidad real y auténtica de cambiar las cosas, ha salido a la calle, se ha alzado en sincera protesta y repulsa, ha dejado oír su voz a los líderes que creen que rigen el mundo, ha hecho temblar los cimientos de la complacencia en la que viven los políticos para denunciar, para protestar, para reclamar con justa y santa indignación. ¿El motivo? La indigna, farisaica, traicionera, vendida, miope, cutre decisión del árbitro colegiado D. Felipe Nalti que costó el paso a los octavos de final en el campeonato provincial de fútbol nudista outdoor a la selección nacional de Barusia del Sur en el encuentro mantenido con sus rivales sempiternos los jugadores de la selección nacional de Pascasia Oriental.
Varias decenas (y dedesayunos, y dealmuerzos) de miles de ciudadanos se lanzaron a la calle ordenadamente (primero iba el árbitro, detrás, todos los que le corrían a gorrazos) para expresar de forma espontánea, libre, democrática, su repulsa ante la mencionada decisión de ignorar un penalti como una casa en la jugada que supuso la victoria de los pascasianos por diez a dos. Democráticamente también, la muchedumbre santamente indignada se repartió los restos que quedaron del colegiado para escupir sobre ellos por turno.
Lo decimos y lo repetimos. Con el pueblo soberano no se juega. Y si no, que se atengan a las consecuencias aquellos facinerosos que piensan que por tener un silbato en la boca son Dios Todopoderoso.


Campaña “apaga la tele: no te dará un telele”.


Venecia (esto es, no te quedes, imbécil).-
Bajo el absurdo lema “apaga la tele: no te dará un telele”, la Asociación para la Defensa de la Inteligencia Original y Sorprendente (ADIOS), presentó el pasado jueves ante los medios de comunicación su campaña de navidad. Lo absurdo de esta campaña –incluso, perdonen nuestros lectores y lectoras, lo peligroso de la misma- es que proponen que, al menos desde hoy mismo y hasta el final de las festividades lúdico comerciales que nos invaden, apaguemos los televisores. Incluso, para evitar la tentación de volver a encenderlos, proponen que desconectemos las antenas y desintonicemos los canales, dejando únicamente el vídeo o el DVD por si nos apeteciese ver una película entera, sin pausas ni interrupciones por publicidad. Los muy degenerados, -rogamos nuevamente disculpas por nuestro lenguaje, pero es que hay cosas que no tienen perdón de Dios- aseguran que, de esta forma, a través del ejemplo, lograremos varios objetivos: a saber, pasarlo mucho mejor, disfrutando de aquellos a quienes tenemos cerca y a los cuales, presuntamente, amamos. Y dos, que las compañías comerciales se enteren de que no deseamos ver anuncios, que compraremos lo que queramos y que ya está bien. Y tres, quizá lo más importante: tiempo. Tiempo para pensar. Tiempo para mirar en torno nuestro. Tiempo para tomarnos las uvas del nuevo año cuando nos salga de los coj... de los huev... de las narices y no cuando nos digan desde la Puerta del Sol. En definitiva, libertad.
Y aquí es donde nosotros, miembros de Again with the Blues preguntamos... ¿quién coñ... demoni... narices les ha dicho a estos señores del ADIOS que nosotros no queremos publicidad, películas troceadas y ver al presentador de turno decirnos cuándo y como tenemos que brindar y con qué? ¿quién les ha dicho que no necesitamos que se nos asesore sobre el juguete o la colonia más adecuada para regalar a nuestras novias o novios, esposas o maridos, hijos o hijas (tachad lo que no proceda)? ¿quién les ha dicho a estos –disculpen de nuevo y gracias a “Les Luthiers”- individuos que deseamos ser libres? Desde aquí, nos posicionamos y os animamos a dejar las cosas como están: la tele encendida todo el día desde hoy hasta el 7 de enero y a disfrutar de las reposiciones y del fastuoso anuncio del calvo y del cava... Hala. ¡Hooombre ya!.

*Rincón Literario.
Os recordaremos, niños y niñas, amigos todos de la Fauna Ibérica, que esta es una ya antigua tradición de nuestra revistilla amiga. Dejamos a un lado las colaboraciones más o menos voluntarias de nuestros autores y autoras fetiche, escondemos bajo polvorientos legajos el chorro de cartas que nos enviáis con vuestros cuentos, vuestros poemas, vuestras creaciones (vaaaale. No es un chorro. De hecho fue una en 1874, pero bueno, siempre podemos hacernos ilusiones ¿no?) y miramos al techo soñadores esperando que el espíritu de la Navidad nos inunde y nos llene. Cuando llegan estas fechas señaladas –por más feo que esté señalar- nos invade un espíritu extraño y nos sentimos llamados a olvidarnos de todo y rebuscar en nuestros archivos para poder ofreceros, otra vez, un nuevo

Cuento de Navidad.
Ocurrió cierta vez, érase que se era, que el coronel Desmond Struo –a quien sin duda conoceréis, amiguitos y amiguitas, lectores involuntarios de nuestra revista amiga- no pudo conciliar el sueño. No es que tuviera pesadillas, puesto que el coronel rara vez soñaba. Sólo es que tenía una extraña sensación de ahogo y de ardor que, juiciosamente, atribuyó a las tres raciones de pastel de bacon con criadillas de cerdo que había tomado para cenar en el comedor de oficiales.
De modo que, desterrando la idea de dormir, se levantó de la cama, se vistió de nuevo y salió a la calle para dar una vuelta con el humbee. Pasear entre los cascotes de las ciudades en ruinas llenaba su mente –habitualmente vacua- de una rara calma.
Una luna enorme como un balón de playa iluminaba la vasta extensión de calles desiertas, edificios acribillados y silencio en que se había convertido una de las ciudades más antiguas –y legendarias- del planeta de cuyo nombre no queremos acordarnos. Con la excepción de tres o cuatro chiquillos hambrientos que deambulaban entre los derribos buscando algo que rapiñar, el coronel no encontró gran cosa contra la que ejercitar su puntería, lo cual no hizo sino empeorar su mal humor.
El visor nocturno que empleaba para desplazarse en la oscuridad le mostró de pronto una cercana fuente de calor. Detuvo el humbee y, silencioso como una sombra, se deslizó rifle en ristre hacia la hoguera y observó. Envuelta en un ropón oscuro que la cubría de pies a cabeza, una figura se erguía junto a un triste fuego encendido en un bidón dentro de lo que, en otro tiempo, debió ser un colegio. Aumentando la potencia de su visor, el coronel tuvo la certeza de que se trataba sin duda de una mujer. Una de esas mujeres oscuras, renegridas, silenciosas, veladas, tristes que se movían como fantasmas arrastrando niños de la mano evitando –quién sabe cómo- las balas, los combates callejeros y las bombas. Una de esas mujeres delgadas que, milagrosamente, se las ingeniaban para alimentar a esos chiquillos, para vestirlos, para calentarlos en los crudísimos inviernos transcurridos desde que comenzó la guerra. Una de esas mujeres que –imaginó el coronel mientras una rarísima lascivia le invadía- habrían pasado por las manos de combatientes de ambos bandos, varias veces probablemente, soportando en silencio, sin arcadas, el olor nauseabundo y feroz, guarro, animal de aquellos hombres correosos, sucios, degradados; como perras, sintiendo gotear en sus rostros, en sus bocas, entre sus piernas, el chorro caliente, fétido, del semen ajeno.
Sin saber muy bien por qué, el coronel –que habitualmente evitaba incluso el pensar en la carne blanduzca, grimosa, estremecedoramente suave, lampiña de las mujeres- sintió un leve temblor en su habitualmente tristón miembro. A punta de pistola, se hizo visible. Sin mostrar sobresalto, sin sorpresa alguna, con el gesto cansado de quien ha visto la misma escena demasiadas veces, la mujer le miró desde detrás de su velo con unos ojos más negros aún que la noche que les rodeaba. Desmond Struo se desabrochó el pantalón, dejó al aire su blanquecino trasero y sacó su arrugado pene al frío aire de la noche. No hubo palabras. La mujer se subió la ropa y se tendió en el suelo, abiertas las piernas. El coronel se tumbó sobre ella, se agitó, forcejeó, gruñó y, poco tiempo después, dio un largo suspiro, se levantó y se marchó. Algo más tarde, de vuelta en la base, tomó una larga ducha caliente. Asqueado, se frotó con desinfectante al menos tres veces los genitales y durmió el sueño de los benditos –que es lo que quizá nosotros, simples mortales, jamás llegaremos a entender-.
Naturalmente, en los días que siguieron, el laureado coronel ni se acordó siquiera del episodio, salvo la vaga impresión de que había demostrado su hombría como el que más, por lo que, en consecuencia, su interés por estar presente en los exámenes médicos de los soldados recién incorporados, por verificar personalmente la perfección atlética de sus cuerpos desnudos, la satisfacción que sentía al observar aquellas filas y filas de jóvenes ejemplares de patriotas, eran perfectamente normales, sanas y, de hecho, uno de los deberes de su cargo.
Pero esto es un cuento de Navidad y eso quiere decir que pasaron más cosas y, algunas de ellas, no del todo comprensibles o lógicas.
La primera de ellas sucedió una mañana de patrulla, cuando desde un helicóptero ametrallaban indiscriminadamente lo que, de forma artera, parecía un mercadillo ambulante, pero que sin duda era un agrupamiento de guerrilleros insurgentes; el coronel notó en su dedo pulgar una brevísima vacilación al oprimir el jugoso botón rojo de “FIRE” en el momento en el que en su visor se cruzó una de aquellas figuras fantasmales, ocultas –y deseables- que huía aullando para ponerse a cubierto. Apretó con más fuerza y las balas partieron en dos a la terrorista asquerosa, pero... aquella vacilación... había existido. Desmond Struo no podía negarse a sí mismo la evidencia.
La segunda sucedió al día siguiente. El coronel, que insistía en participar personalmente en las incursiones, escoltaba desde su carro de combate la lujosa limusina que, al igual que los tiranos anteriores, empleaba uno de los nuevos gobernantes. En aquel instante, circulaban por una de las más importantes avenidas de la ciudad. La calle estaba limpia de cascotes, el asfalto reconstruido, las casas en las que se alojaban los periodistas acreditados daban incluso una impresión de normalidad. Gente desocupada caminaba de acá para allá, trapicheando a escondidas o simplemente tomando, a falta de otra cosa, el sol y el aire que tanto abundaban. En la multitud se podían distinguir también muchas de aquellas veladas figuras femeninas, sumisas, silenciosas, caminando detrás de un hombre o arrastrando niños de la mano o con los bultos arrebujados de los bebés en los brazos. Y fue uno de aquellos bultos lo que le llamó la atención: en brazos de una mujer oculta, vestida de negro de pies a cabeza, le pareció distinguir el relampagueo de un bebé rubísimo, de enormes ojos azules, tan ario y bello como... como... cojones, como él mismo.
Pero el convoy circulaba a toda velocidad arrollando ciclistas y obligando a los peatones despistados a tirarse de cabeza en las cunetas, así que cuando quiso asegurarse, la mujer se había perdido en la distancia y ya no la vio más.
La tercera cosa extraña fue que, en los días siguientes comenzó a tener la impresión de que un número insólito de bebés rubios, arios, hermosos como él mismo, habían brotado por todas partes. Los veía asombrado donde quiera que fuese: si asaltaban un poblado de traidores, mujeres negrísimas huían alocadas llevando en brazos niños tan lindos como los de los anuncios de pañales, sonrosados, regordetes. Si bombardeaban un mercado, un teatro o un cine donde se celebraban reuniones clandestinas de insurgentes, mujeres de tez cobriza, ojos oscuros y cabellos del color del ala de cuervo salían ensangrentadas entre las ruinas rescatando niños blanquísimos, de ojazos cautivadoramente azules, niños tan, tan... tan normales como el pastel de manzana y los donuts. Si registraban casa por casa, mirando debajo de las mesas camilla en busca de escondites secretos de armas de destrucción masiva, se encontraba con las miradas azuladas, sorprendidas, abiertas, de niños tan bonitos como él mismo que lo contemplaban solemnes desde sus mugrientas, grisáceas cunas.
La cuarta es que, como consecuencia de las anteriores, Desmond Struo acudió a visitar al psiquiatra de la base. Habitualmente, sus relaciones con los psiquiatras se habían limitado a perseguirlos jocosamente a tiros desde su ventana –lo cual es una medida juiciosa- o, en su defecto, a encargarles la limpieza de las letrinas más infectas del campamento –lo cual, consideraba él, era una adecuada preparación para la tarea de limpiar la mierda de la cabeza de los cobardes que se escaqueaban de sus deberes para acudir a la consulta-.
En este caso, la visita terminó muy pronto. Tan pronto como el psiquiatra insinuó algo sobre la naturaleza de las relaciones del coronel con su madre, Desmond Struo descerrajó un tiro sobre el escroto del facultativo y le dejó bien claro que, si se atrevía a abrir la boca acerca de lo acontecido entre aquellas cuatro paredes, él personalmente se encargaría de abrirle la tapa de los sesos y rellenar su cráneo con el contenido de cualquiera de los cagaderos de la base, y que quién cojones era él para poner en entredicho el buen nombre de su santa madre. Hecho esto, corrió hasta sus habitaciones privadas, abrió la combinación secreta de su baúl de pertenencias personales, sacó el cadáver momificado de su madre y, vestido tan sólo con un pañal Huggies Dry Nites lloró amargamente durante media hora en el reseco regazo, pidiendo perdón por su debilidad.
La quinta...la quinta es más difícil de explicar. Porque sucedió que, nueve meses más tarde, la nochebuena de aquel mismo año, hubo una gran cena de celebración en el comedor de oficiales de la base. Sirvieron asado de pavo, compotas de frutas y dulces especiales de navidad. Incluso trajeron expresamente varias cajas de coca-cola desde la fábrica original en vez de la que hacen en Japón para abastecer a las Fuerzas Armadas. Una célebre actriz cantó y bailó para amenizar a las tropas mientras éstas hacían inaudible el show con los aullidos que daban pidiéndole a gritos que se desnudara de una puta vez. Un conocido humorista improvisó una ingeniosa serie de gags sobre los extremistas enemigos (¿cómo era aquel de en qué se parece un terrorista a un lavavajillas...? Bueno, no me acuerdo. Da igual)
Y todos se fueron a la cama algo después de las doce tras cantar villancicos en un ambiente encantador, entrañable y casi igual al de casa.
Todos, menos la patrulla.
Y en la patrulla estaba de nuevo Desmond Struo, borracho perdido, repitiendo con voz pastosa las gracias del humorista para los soldados que sonreían nerviosos echando miradas de reojo a la pistola de cachas nacaradas del coronel.
El humbee rodó en silencio por las calles desiertas hasta llegar a lo que, en otros tiempos, había sido un colegio. Allí, entre las ruinas, en un bidón vacío, ardía una hoguera. Un hombre barbudo, sucio, ataviado con un turbante pardo, se afanaba en atender a una mujer morena, de grandes ojos negros, que yacía en el suelo envuelta en un ropón oscuro y aquejada de un mal desconocido. En vez de ejecutarlos directamente –eso es parte de lo extraño de la historia, aunque puede que tenga algo que ver con el hecho de que un periodista acreditado les acompañaba casualmente aquella noche escribiendo una conmovedora historia de solidaridad para la prensa mundial- la patrulla cercó el lugar, constatando que la mujer se encontraba de parto en aquellos precisos instantes. Los soldados contemplaron la escena antes de proceder a socorrer debidamente a la mujer. Improvisaron un lecho limpio, sacaron de sus petates los desinfectantes de urgencia y por radio reclamaron a la base atención sanitaria inmediata. Sin embargo, el parto estaba bastante avanzado de manera el alumbramiento se produjo pocos momentos después.
De esta forma el coronel se encontró de repente mirando directamente a lo más profundo de los ojos azules, enormes, arios, tan parecidos a los suyos propios, del recién nacido.
Era Nochebuena.
Acababa de nacer un niño.
¿No hubiese sido lógico conmoverse como hicieron los soldados?
¿No hubiese sido lo adecuado llamarle “Isa” en el idioma local y encariñarse con él? ¿Adoptarlo quizá? ¿Llevarle al hospital de la base, darle chocolate y hacerle miles de fotos que recorrerían el mundo en pocos instantes?
Sí, bueno, vale, sin duda.
Y lo que hace que esto sea un cuento es que eso es exactamente lo que pasó.
Y sigue siendo un cuento, porque ahora os diré que al día siguiente, el coronel –fiel a sus costumbres- dio orden expresa de exterminar a todos y cada uno de los menores de dos años que pudiesen encontrarse en la ciudad y en los refugios circundantes.

¿Os suena? A mí también.

También cursó órdenes específicas para que ningún periodista volviese a acompañar nunca a una patrulla. De hecho, cursó órdenes claras de tirotear a cualquier individuo con pinta de periodista que merodease a menos de dos kilómetros de cualquier zona de combate.
También, siguiendo con el cuento, os podría decir que la prensa internacional se enteró a tiempo para evitar la matanza. O que los soldados se negaron a secundar la orden. O que un misterioso mensajero luminoso avisó con tiempo a una familia concreta para que se pusiera a salvo, huyendo en un borrico a otras tierras. O que el novísimo virus liberado para llevar a cabo la matanza no funcionó. O que una lluvia imprevista y de origen desconocido lavó del aire el gas tóxico liberado en los poblados para acabar con toda forma de vida pluricelular de la zona. O que las Naciones Unidas tomaron cartas en el asunto y todos los países del mundo se aliaron para evitar cualquier guerra en el futuro. O que Desmond Struo sintió, de pronto, una llama de humanidad encenderse en su corazón.

En los cuentos todo vale.
Ya os lo dije. Esto es un cuento.
Pero...¿qué queréis? Es Navidad.

De lo que pasó en realidad, probablemente no nos enteraremos jamás.

Bueno. Pues ya está. Hala. Esperamos que hayáis disfrutado de la lectura (vicio secreto en franco peligro de extinción) y que, pese al cuento, os hayan quedado ganas de leer cualquier otra cosa, cualquier otro día, en cualquier otra situación. Por lo demás, esperamos contar prontito con vuestras colaboraciones, queridos y queridas; más que nada porque aún quedan muchos bosques amazónicos que deseamos ver convertidos en papel –blanquísimo, tóxico papel- para rellenarlo de estupideces como las que precedían a la línea que estáis leyendo en este preciso instante.
Besitos y abrazos (tachad lo que no proceda).




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* Por competencia desleal, multinacional juguetera recompensa sustanciosamente (de hecho, muy sustanciosamente) la captura, vivos o muertos –preferiblemente como menos problemas den- de varios personajes que se dedican a hacer regalos gratuítos a los niños y las niñas que se portan bien, como si solo los que se portan bien tuvieran derecho a regalos, jod... coñ... jolín. A saber: una bruja, un hada muy buena y bonita, tres presuntos reyes magos y un gordo mórbido vestido de rojo. Se les suele ver a finales y principios del año y luego desaparecen por un tiempo para preparar nuevas incursiones. Es bastante probable que sus regalos no cumplan las normativas internacionales sobre seguridad infantil y, además, como no hay factura, no hay posibilidad de reclamarlos. Se los considera subversivos y peligrosos.

* Por despido inmediato se ofrece puesto de redactor de anuncios calificados vacante. Ref: Gorka Nuncio.
Bueno, pues niños y niñas, amiguitos todos. Nuevamente os pedimos disculpas, sin propósito de enmienda y os aseguramos que pronto regresaremos con nuevas secciones, aventuras y colaboraciones. Por fin podréis conocer las sesudas opiniones de Anastasio López sobre lo divino y lo humano; los razonables consejos de belleza de la Momia y os estremeceréis con el estremecedor (claro) testimonio “Yo tuve un ataque de hipo en mi cama de agua durante el terremoto de San Francisco”. Hasta el próximo número, queridos y queridas, nuestro número 31 que inaugurará los 20 años de esta estupidez a la que llamamos publicación. Habrá premios especiales por vuestra paciencia.
Ah, por cierto...

¡Feliz Navidad y coj... deput... próspero 2006!

Por: Juan Jesús Amo Ochoa | Números de again | Comentarios (0) | Referencias (0)

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